sábado, 17 de marzo de 2012

Poema XIII

LA VERDAD (PASIÓN AMOROSA)

Quiero pagar con desprecio
todo lo que me has negado.
Quiero escupirte a la cara
cuando me extiendas los brazos.

Quiero con risas mordaces
de tus sollozos reírme.
Quiero verte de rodillas
y que humillada supliques.

¡Y reírme, reírme!...


Pero por favor:

si me miras      no me mires,
si me hablas      no me hables,
si sonríes      no sonrías,
si me llamas            no me llames.

Porque como yo vea

que me miras,
que me hablas,
que sonríes,
que me llamas...

en un instante
me tendrás abrazado a tus rodillas.



21 de Diciembre de 1987

4 comentarios:

ANTONIO MARTÍN ORTIZ. dijo...

Es el rechazo y la conciencia de que, a pesar de todo, el amor que tenía el que esto ha escrito era auténtico, reconociéndolo después de la frustración y el engaño; y de que no faltan energías para seguir viviendo.

En la segunda estrofa se percibe la sed de venganza, o el deseo de que las aguas vuelvan allí, de donde nunca debieron salir: es el reconocimiento del fracaso, pero, con la cara alta y sin arrepentimiento de la nobleza del comportamiento habido.

Y, es, a partir de la segunda estrofa, el reconocimiento de que el fuego que prendió en su momento todavía no está apagado, de que hay un resquicio para la Esperanza, y el reencuentro.

Es, en definitiva, un canto a la Esperanza, un deseo de vivir, y una constatación de que lo que pareció posible en un momento determinado todavía puede convertirse en algo real.

Es, en conjunto, la unión de la alegría y las ganas de amar, pero con una buena dosis de reconocimiento de que las aspiraciones de uno no van concordes con la Realidad que se impone, con la Realidad que nos arrastra, porque, como decía Séneca: Volentem fata ducunt, nolentem trahunt [Al que se muestra dispuesto, los hados lo acompañan, al que no, lo arrastran].

Duro, enigmático, doloroso y esperanzador, además de ilusionado, es, a mi entender, este poema, amigo mío, Don Carlos.

Que los dioses y las diosas lo protejan, amigo mío, Don Carlos.

Antonio

Carlos Hernández dijo...

Como en alguna ocasión anterior, tengo que decirle que su interpretación es muy válida y respetable, pero no coincide completamente con la significación que yo pueda darle a estos versos. Para mí es algo más visceral, nacido de la experiencia de una pasión como no la he vuelto a sentir desde entonces. Tenga en cuenta la fecha de realización; yo era muy joven y aquel era mi primer gran amor, probablemente el más grande que haya sentido nunca. Me cambió la vida. Y no sólo me cambió la vida: me enseñó a amarla. Empecé a amar la vida de un modo plenamente consciente, para lo cual aprendí a apartarme, indefectiblemente (y aún sigo haciéndolo), de toda persona que no la ame, o, lo que es lo mismo, que no se ame a sí misma, pues esto último es condición sin la cual no es posible, no sólo amar la vida, como es obvio, sino tampoco amar a nadie en particular. Se engañan los que piensen que sí es posible. Desde entonces escribo versos. Una lección dolorosa, pero que jamás he podido olvidar.

Yo veo el poema como un todo, expresión de una única verdad, por más que sus diversas partes puedan parecer contradictorias. En realidad, aunque el sujeto que recibe la acción esté en segunda persona, esa es una verdad que, de algún modo, me estoy confesando a mí mismo: jamás me hubiera atrevido a comunicárselo directamente a su destinataria, no por temor (en aquel estado de enamoramiento no conocía el temor), sino por pura conveniencia, porque de algún modo intuía que una declaración de ese tipo es lo último que un hombre le puede decir a una mujer a no ser que esté decidido a perderla. Siempre me ha gustado hacerle llegar mis poemas a la persona a quien se dirigían; generalmente no me ha faltado valor y, tratándose de aquella muchacha, ya lo había hecho en varias ocasiones, aunque en este caso en concreto, como digo, no llegó ni a pasárseme por la cabeza.

Si quiere, puede pensar en un hombre (en realidad un muchacho) que se desnuda a sí mismo ante su propia conciencia, expresando su más íntima verdad.

Le agradezco sus buenos deseos, y, para su tranquilidad, déjeme decirle que los dioses y las diosas (o Dios, si quiere), a lo que yo creo, no han dejado de protegerme desde que comencé a amarme a mi mismo; requisito imprescindible, como queda dicho, para amar todo lo demás.

Un gran abrazo, amigo Antonio.

Mónica de la Fuente del Teso dijo...

Qué cosa más curiosa el amor, controlar ésto, no sentirlo, y controlarás a tú enemigo, implantarás el mal en tu camino. A veces tropiezas diariamente con personas que van haciéndo mucho daño, éstas personas son madres, padres, hermanos, tienen su familia y desprecian al compañero, al amigo, critican sin parar y apestan en su caminar, qué les pasa...¿no se quieren así mismas?.

Me ha gustado el poema, muestra que el amor es incontrolable y eso es bueno, sino el arte carecería de sentido y viviríamos en el materialismo más brutal, que aunque quieran imponérnoslo, su poder no es absoluto.

Soy Mónica, La hija de Meli, amiga de tu padre, seguiré leyendo, a mí también me gusta mucho escribir. Saludos.

Carlos Hernández dijo...

Creo , Mónica, que has dado en el clavo: indudablemente esas personas que van por la vida propagando el mal, haciendo mucho daño, despreciando, criticando y "apestando al caminar" en el fondo no se aman a sí mismas. Yo opino que quien hace el mal se lo hace, primero que todo, a sí mismo, de alguna manera es como un enfermo que no sabe que está enfermo y no hace nada por curarse, no siendo consciente de su enfermedad. Esa enfermedad no reside en el cuerpo, sino en el alma. Por consiguiente, al hacer el mal una persona, el daño repercute, primero que todo, como digo, en su alma, lo cual no parece muy compatible con el amor, pues nadie que ama verdaderamente hace daño a quien ama, sino que se cuida y se preocupa y pone por encima de todo el bienestar de quien es objeto de su amor. Así pues, como consecuencia del mal que ellos mismos se infringen, estas personas no pueden ser felices, apestan y se complacen en apestar a quienes tienen la poca fortuna de encontrarse a su alrededor; no sucede así con las personas que sí se aman a sí mismas que, aunque no quieran, por el simple interés que ponen en la salud y bienestar de su espíritu, se cuidan muy mucho de perjudicar al prójimo. El amor no puede ser egoísta, el amor es entrega: cuando aparece el egoísmo es porque, aparte del amor, hay algo más, algo que está viciado o es ajeno a la esencia de ese noble sentimiento que llamamos amor.

Respecto a que el amor es incontrolable, sólo recordarte que tengas en cuenta que el poema se refiere, más que al amor propiamente dicho, a la pasión o al amor-pasión, siendo este último componente el principal causante de la evidente falta de control.


Ya me habló tu madre de ti y me comentó de tu afición por la escritura. Lo que no había previsto ni llegado a imaginar es que también te gustase algo de lo que yo he escrito. Me alegra mucho.

Un saludo muy afectuoso.

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