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viernes, 9 de julio de 2021

Poema LX

FLAUTA DULCE

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
(Becquer, Rima VII)





De la voluminosa orquesta
en el gran concierto
entre el gran murmullo se confunde
o no aparece.
Sobresale, melodiosa, y brilla
si en el interior, aguda,
de la reducida estancia se desata.
Allí, en el registro grave,
más peculiar
se muestra y expresiva
con su color inconfundible
y la inmediata calidez
que trasmite su materia.
Y su naturaleza es tal
que más, acaso, crece
su encanto maravilloso
cuando se escucha más lejos.

¡Bellísima sonoridad
que por sí sola
suspende y enamora!

Sorprende a quien lo observa
su sencillo mecanismo
y que sólo un gran intérprete
usando toda su destreza
y despierta inteligencia e inspirada,
con dedicación y hábito constante,
capaz sea de extraerle
el mejor de los sonidos,
la armoniosa música inefable:
burlar los límites impuestos
del ingenio con todos los recursos
es su gran dificultad,
su mayor arte y su atractivo.

Vulnerable y delicada
como flauta de frágil madera,
sensible a los golpes,
a un brusco cambio de clima,
a la ausencia o exceso
de humedad y de calor.

Cuando el hálito justo recibe
que en continuo fluir
permanece, vibrando, en su centro,
se comporta el ánima y responde
como un músico
instrumento, dulce y templado.



Septiembre - Octubre de 2002

viernes, 22 de junio de 2018

Poema LXXXI

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura...
(Dante, Divina Comedia)





Cada nuevo alumbramiento señala
el inicio de una ruta en el tiempo
que siempre acaba,
y eso es el fin.

En medio del camino, con angustia,
me detengo ahora. Si miro
hacia atrás, compruebo
cuán presto pasó todo:
los años de la infancia,
que eternos parecían;
la adolescencia,
de confusa indolencia y extraviada;
la juventud vibrante
de plenitud y energía.

Si hacia delante miro,
con estupor y espanto
constato que no es
mucho más, a lo sumo,
para llegar al término
lo que me falta;
que ya pasé la cúspide;
que hacia un oscuro
y misterioso abismo,
sin variación posible,
voy de bajada.

Después de haber andado
siguiendo, como en sueños, el fulgor
distinto de una estrella,
me parece mentira
que se haya de romper
el idilio, que tenga que llegar
un día en que, para mí, nunca
vuelva a haber
sueño o realidad.

En medio del camino
me detengo ahora. A un lado
y a otro —demorándome
en cada objeto— miro:
todo me parece más nítido
y hermoso —como si lo viera
recién creado
o rodeado de una atmósfera
más límpida y pura— bajo la luz
prístina y triste
de una dulce, amorosa
y larga despedida.



Mayo de 2016 – Junio de 2018

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Poema LXXIX

EL MAGO







Como un mago extrayendo,
tal vez, del fondo
de su chistera
una blanca paloma
del público presente
ante la atónita
mirada. Así me siento.

Hay que ver el prodigio
y cuánto pueden
—incluso yo me admiro—
de un roce el espejismo
en el instante justo
y la ilusión
de dos palabras mágicas
sobre un atormentado,
menesteroso y tierno
corazón.



11 de noviembre de 2015

lunes, 27 de junio de 2011

Poema LXIV

ELOGIO DE LA LUZ

Qué oculto designio ignoro, qué azar,
qué misterio o qué prodigio, visible
o invisible qué voluntad, qué cúmulo
o sucesión o confluencia feliz,
qué cifra necesaria, qué difícil
equilibrio hizo posible que hoy,
ente sensible, esté yo aquí, criatura
que piensa y que se asombra porque existe.

Tuvo que haber un instante primero
—único, primordial, maravilloso
aunque ajeno al dolor no fuera—,
una primera percepción,
el concebir primero de una imagen
en la mente: la claridad primera
que iluminó mi ser.

Entre este instante
y el último,
en el extremo opuesto de la vida,
¿qué habré sido? me pregunto, después
de todo; y en seguida,
distanciándose
lo justo, me responde,
muy segura y honesta, la razón:
«Un punto breve de luz
habrás sido
luciendo imperceptible
entre la inmensa muchedumbre
que oscuro puebla el firmamento;
destello efímero
para la infinitud
—para la eternidad— donde residen
por siempre, indisolubles,
el tiempo y el espacio».

Sé que ha de haber un instante preciso
en que jamás mi conciencia disponga
de un nuevo instante,
y que entonces, cuando se extinga
hasta el menor rescoldo,
de cuanto fui
no ha de quedar apenas nada:
tan solo ausencia, sempiterna
ausencia y polvo de ceniza.

Me admira, sin embargo,
y me conmueve,
aquí y ahora, constatar
—si, en efecto, es un fuego mágico
y perdurable
que a través de sí mismo en la materia
prende frágil y caduca la vida—
cómo habré sido
chispa que se convierte en débil llama,
llama que en lo interior se nutre,
y poco a poco crece, y se transforma,
y de algún modo siempre permanece
en un perpetuo —más
o menos vivo e inflamado—
afán de subsistencia o plenitud.




Viva llama que recibí un buen día
a condición de arder una vez sólo,
preciosa luz
que por mucho que brille
y se mantenga
en un soplo se apaga para siempre:
tanta fragilidad
y fugacidad tanta
no hacen
sino que se acreciente tu hermosura.



Enero – Mayo de 2005