Eres fuente inagotable
que murmura rumorosa:
eres fluido interminable
para la sed que me acosa.
Si se callara la fuente,
si me faltases un día,
si te fueras de mi mente...
¡qué solo me quedaría!
Junio - Julio de 1987
Eres fuente inagotable
que murmura rumorosa:
eres fluido interminable
para la sed que me acosa.
Si se callara la fuente,
si me faltases un día,
si te fueras de mi mente...
¡qué solo me quedaría!
Junio - Julio de 1987
A mi padre.
No importa el tiempo transcurrido.
Seguirás siendo el zagalillo
siempre. En tu mirada, en tu caminar
de hoy mismo, octogenarios,
el andar y la mirada percibo
de aquel zagal, muy niño,
solito entre las peñas,
siguiendo a los borregos
como un cordero más,
con una extraña mezcla
de hombría prematura
e inofensiva,
conmovedora candidez.
Tu andar era el mismo —el de entonces
y el de ahora—, aunque fuese
mucho más segura tu planta,
cuando, más adelante,
mejoraron las cosas
y en los días duros de nieve
no se reblandecían ya
tus pies —cubiertos sólo
con el abrigo humilde
de unos leguis y unos trapos
sobre las míseras albarcas—
ni le echabas carreras a la luna,
si se te hacía tarde
al regresar a casa, y el carea
era leal e inseparable.
Tu mirada era la misma
—por más que estuviese avezada—
cuando pasaste a ser pastor
y te quedaste solo
con el bagaje
de tu experiencia en el manejo
y la custodia del ganado,
en todo momento pendiente
de su bienestar, dispuesto a hacer
cualquier sacrificio, cualquier esfuerzo
—también la vista gorda—
con tal de saciar su apetito.
Si fuera el prodigio posible,
maravilla de poder verte
—oculto entre unas matas,
al amparo de una mole
de granito, detrás
de una encina o, como invisible
espíritu, flotando—
en la dehesa o en el monte,
por veredas, caminos o cañadas,
en el barbecho o en lo que fue sembrado,
estoy seguro que vería
el mismo andar, ligeramente
bamboleante, y el mirar mismo
(chispa, tenue brasa que allá en el fondo
se aviva y luce en tus pupilas),
los cuales, desde que tengo memoria
de ti, recuerdo.
Si es ahora más fatigado
tu caminar —puesto que arrastra
con los achaques y los años—,
no es por diferenciarse más,
estoy seguro,
del ágil movimiento
de tu fornida juventud,
sino por parecerse más
al inocente paso
de aquel zagal, muy niño,
solito entre las peñas,
con unos leguis y unos trapos
sobre las míseras albarcas,
resuelto a ganarle a la luna
en la carrera y demandando
a Guerra, el carea, siquiera
unas migajas
de compañía y amistad.
Seguirás siendo siempre el zagalillo.
Lo percibo en tu andar
octogenario, lo vislumbro
en el frecuente brillo
de tu mirar cansado.
Seguirás siéndolo mañana
y en el postrer aliento,
y mucho más tarde. Seguirás siendo
el zagalillo mientras haya alguien
que te recuerde
o te piense, como yo ahora, siempre.
11 de julio de 2020
No es ilusión, tal vez, pensarte
atravesando el mar
o en un lugar apartado,
hospitalario y remoto, a muchos
cientos, acaso miles de kilómetros.
Toda la dicha consistiría entonces
en saber o imaginar que tú me piensas
igual que yo te estoy pensando.
Que a un tiempo ambos percibimos
la misma música recóndita;
la inaudible,
no la que escuchan todos
vibración del aire en movimiento,
dulce y placentera, pero pobre
como único recurso
para compartir el mismo espacio,
aunque la ofreciera
la misma Euterpe
o un nuevo Orfeo reencarnado.
No hay música capaz de reemplazar
a aquella música.
Ni existe nada que distanciar pueda
a dos que en el secreto de sí mismos
se están al unísono pensando.
Noviembre de 2001
Con el corazón partido
«como un libro
abierto».
Dicen que entró
con el corazón partido,
sin aliento, yerto,
por el asta fina
de un gran toro
negro.
Digo que dejó esta vida
bajo un Sol tan pleno,
que en la tarde clara
coruscante un cielo
oscuro el tono
de su terno de torero
repintó dorado,
esplendente, nuevo,
en las mentes —ojos
que retienen crédulos
la verdad que vence
sobre el ruedo
cuando cruzan resplandores
gloria y cielo—.
(Le vi subir así,
la gravedad venciendo,
con el pitón fundido
en el costado
incierto. Sus cabellos
traslucir
soleado un
acento
de crispada sacudida.
Y vi —crítico instante—
viva
su lengua salir
del afilado encuentro
como queriendo huir,
del enraizado centro
no
pudiéndose evadir.)
Este toro fue lidiado,
y el siguiente en el festejo;
en la tarde de este modo
ambas suertes se fundieron:
idéntico tributo,
hombre y bruto,
noble y diestro,
se rindieron.
Al filtrarse la noticia
han cesado los toreros.
En las gradas la quietud
se hace cargo del suceso.
Poco a poco la evidencia
planta un trono de silencio...
El clarín plañó
con su son postrero
Su lamento agudo
penetró el silencio
El clarín torero
penetró el silencio
Pocos compases
Sólo el clarín
Ya
Las palmas suenan
Callan los labios
Las palmas suenan
Todo el mundo en pie
Las palmas suenan
Amortiguadas suenan
La plaza en pie
Y un palomar revuela
Un palomar se riza
En la plaza
Las palmas suenan
Amortiguadas
1 de Mayo de 1992
Sí, vamos madurando imperceptiblemente, y al igual que no podemos leer dos veces el mismo libro —porque quien lo lee por segunda vez es distinta persona y ve en él, objetivamente, algo distinto—
¿Cruel por qué nos causa la muerte espanto
si lo que en verdad mata es el olvido?
¿Por qué no recordar lo ya vivido
no nos llena de duelo y de quebranto?
Decir que «no me acuerdo» es casi tanto
como negarle el ser a lo que ha sido.
¡Y es tanto lo que yace ya perdido
de la nada absoluta bajo el manto!
Oculta o fugitiva en la espesura
si fuiste cierva herida o no lo fuiste
sólo en ti la verdad vive segura.
Yo insisto en la ilusión que me cautiva
y a riesgo de vivir cuando no existe
tu imagen vivirá mientras yo viva.
23-24 de Octubre de 2001
Nadie sabrá
que te he querido
—es triste—, que esta madrugada
apareciste aquí de pronto,
traspasando el umbral, movida
de irresistible impulso
—con un ojo cerrado y otro abierto,
el pelo alborotado,
los brazos extendidos,
arrastrando los pies
con cierta mezcla de premura
e indolencia—, hasta llegar
a mis brazos.
Y no habrá quien recuerde
cuánto me has amado; cómo a deshora,
de madrugada,
te he despertado
y al poco rato has ido, insomne,
y me has buscado
en una estancia iluminada y próxima,
donde yo estaba; cómo te he abrazado
un prolongado instante
con indecible amor, sin dar
espacio al deseo —pudor
para bajar las manos—,
y ambos hemos pronunciando, abrazados,
en un susurro, sucesivamente,
las palabras mágicas que conjuran,
infalibles, en nuestro idioma
temores y ansiedades
de auténticos amantes.
Transcurrirán años, siglos, milenios,
acaso miles de milenios
plagados de acontecimientos,
de alternado esplendor y decadencia,
antes de que la humanidad
—y con ella su memoria— se extinga.
Para entonces el sol,
la luna y las estrellas
proseguirán su ciclo y el planeta
continuará girando.
Nadie recordará
—y es triste— que tú y yo
nos abrazábamos
esta madrugada, con indecible
amor, durante un prolongado instante,
conjurando, con dos palabras mágicas,
todos los temores; ajenos,
por un instante,
a cuanto había
bajo el sol, las estrellas y la luna.
21-30 de Septiembre de 2013
Mi esfuerzo todo sé que ha de ser vano:
nada escapa al zarpazo de la muerte:
esquivarla es capricho de la suerte
que te deja más tarde o más temprano.
Morirá cuanto salga de mi mano;
un día yacerá la Tierra inerte,
y ni el vasto Universo será fuerte
a resistir su empuje soberano.
Por más que la guardaseis como a esencia
no quedará de mí ni la memoria.
Subsisto, pese a todo, y no derramo
ni una gota del don de mi existencia
—cualquier otra razón es accesoria—
mientras procuro aquello que más amo.
30 de Noviembre de 1998
No sin razón alguna pintaron los gentiles a la Fama como a una diosa con múltiples ojos, bocas y orejas1, dispuesta a difundir a cualquier hora y en todas direcciones cuanto la común opinión de las gentes da por cierto, aunque la Verdad y la Justicia declaren no conocerlo en absoluto o acaben demostrando, con el tiempo, que la cosa no era para tanto.
Para mí, uno de los mayores estímulos a la hora de escribir poesía es hallar algo digno de memoria, algo que por su singularidad me parezca que merece ser salvado de las profundas e insensibles aguas del olvido.
Además de poseer un apreciable talento para la talla en madera, como bien puede comprobar cualquiera que visite el blog de sus obras, mi padre, Serapio Hernández, es autor de un libro
donde vierte las memorias de sus años de pastor, refiriendo multitud de anécdotas, los pormenores del oficio y muchos de los usos y costumbres que imperaban en la España rural de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil.
Cumplidas sus expectativas con respecto a la primera edición impresa de esta obra y habida cuenta del tiempo transcurrido (Junio de 2003), permite ahora su descarga libre y gratuita, y que se comparta (ver licencia Creative Commons) en formato de libro electrónico (ePub)
o también, para quien así lo prefiera, en formato PDF (generado automáticamente a partir del libro electrónico).
Administrador del Blog y autor de los poemas y de las entradas:
Móstoles, MadridESPAÑA
(La licencia permite reproducir los textos originales en cualquier medio digital siempre que no sea con fines comerciales, a condición de que dichos textos no sufran la menor modificación y de que se atribuyan debidamente al autor con un enlace directo hacia la entrada que corresponda o, en su defecto, hacia la página principal del Blog. Para cualquier otro uso, como sería, por ejemplo, en un medio impreso, se precisa la autorización expresa y por escrito del autor.)
Si lo deseas puedes visitar mi otro Blog dedicado a la
Allí podrás ver las magníficas tallas que ha realizado mi padre, SERAPIO, y leer los textos que yo mismo he redactado para ilustrar y acompañar a las tallas a medida que son presentadas.
Este blog debe su existencia a la gentileza de
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