lunes, 14 de mayo de 2012

Al borde de lo humano y lo divino

El misterio es consustancial a la poesía, tanto como a lo sagrado. Para la expresión verbal de los misterios de su doctrina, el hagiógrafo, el brahmán, el imán, el sacerdote o gurú de cualquier creencia religiosa se sirve de una poética, usa, en clave poética, un código más o menos accesible a la hora de intentar transmitir los axiomas de su fe. Oración en el Cairo, por J. L. GéromeAsimismo, el poeta deja constancia del misterio que rodea su existencia —y, por extensión, a toda existencia— cuando se atreve a dar forma a la expresión de sus vivencias más íntimas o nos muestra su personal visión de la realidad haciendo uso de todos los recursos que le proporciona la palabra poética. Una visión o realidad a menudo sublimada o trascendida; lo cual confiere a una obra concreta, precisamente y en gran medida, su aura de misterio y contribuye, de igual modo, al establecimiento de su condición poética, al hecho de que la percibamos como tal.

Esto es así en la medida en que ambos, el fiel portador de una doctrina religiosa como el poeta auténtico, se ven impelidos por la necesidad y se enfrentan al reto de tener que expresar algo que, en principio, es inefable, es decir, algo que no es posible explicar mediante el uso y sentido que comúnmente se le da a las palabras; lo cual, indudablemente, ellos sí han podido sentir o intuir, pero que les plantea el problema de no poder comunicarlo haciendo uso de un lenguaje, digamos, convencional. Así pues, para salir airosos de semejante compromiso, tanto el uno como el otro encuentran en la poesía un arsenal de recursos: símbolos, comparaciones, alegorías, metáforas, parábolas, etc., muy útiles para aludir o representar aquello que acaso no pueden directamente contar o definir, pero que, no obstante, queda dicho para quien lo quiera o sepa entender; aunque, eso sí, de un modo peculiar o distinto: tal vez embellecido, transformado, sutilmente matizado..., pero comunicado, en suma, aunque sea vagamente o a fuerza de proporcionar una serie de claves —las cuales, obviamente, sería preciso descifrar— que faciliten un positivo entendimiento1. De ahí que uno de los mayores errores —no por común menos grave y manifiesto— que se comenten a la hora de interpretar cualquier escrito poético —y más específicamente si es de carácter religioso— sea la actitud de quien se precipita a hacerlo de manera literal, obviando la propia condición poética de tales obras, esto es, su facultad para evocar una realidad distinta de orden espiritual. Elohim creando a Adán, por William BlakeEn este sentido, tan absurdo y corto de miras puede ser, por ejemplo, pretender negar a Dios con el darwiniano argumento de que procedemos del «mono» y no del barro del que fue hecho Adán, como mantener que los poetas de nuestro siglo de oro eran en realidad unos embusteros o unos orates por haber afirmado reiteradamente en sus versos, en contra de toda evidencia material y científica, que los dientes de una mujer eran «perlas» y sus labios «de coral»: si somos capaces de aceptar una imagen de este tipo —y aún de experimentar cierto placer estético— en complicidad con los autores del barroco, igualmente deberíamos estar preparados para aceptar el origen bíblico del hombre en aras de una interpretación eminentemente «poética» de la realidad.

Ahora bien, una vez asentado el principio que reconoce cierta identidad idiomática —más en el fondo, generalmente, que en la forma— entre la poesía propiamente dicha y el lenguaje que desde tiempo inmemorial viene utilizándose para la concreción de los textos sagrados de las más variadas confesiones o creencias religiosas, si prescindimos de todo apriorismo y examinamos algunos de esos textos al margen San Juan, por David PadillaAutor: © DAVID PADILLA.de cuál pueda ser su origen o la condición de su autor, si procedemos a su lectura con una mente libre de prejuicios, ¿en cuántas ocasiones no sabremos determinar lo que tienen de sacro y de profano?, o, por mejor decir, ¿con cuánta frecuencia no percibiremos su innegable dualidad, la facultad de ser interpretados desde ambas perspectivas? Por ejemplo, si presentáramos a una persona con la suficiente sensibilidad y capacidad cognitiva como para acceder a su disfrute el célebre poema «Noche oscura» de San Juan de la Cruz, pero con la condición —caso difícil tratándose de persona cultivada— de que nunca haya leído dicha obra ni sepa quién es el autor, simplemente poniéndole delante el poema y diciéndole: «Lee»:

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura,
por la secreta escala disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que el alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando todo mi cuidado
entre las azucenas olvidado2.

lo más probable es que esa persona, sobre todo si está o ha estado alguna vez enamorada, le dé una interpretación mundana y sensual, acorde con sus recuerdos, fantasías o experiencias, muy lejos del significado que sugiere la acotación que encabeza al poema en algunas ediciones:

«Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual».

No obstante, es tal la ambigüedad contenida en los anteriores versos, pese a lo revelador de este encabezamiento, el cual claramente nos avisa del origen místico de la obra, que ¿quién no sería capaz de abstraerse y dejarse llevar hacia una lectura del poema en un sentido esencialmente humano y terrenal? Creo que cualquiera que esté dispuesto, o con tal de que se lo proponga, podría hacerlo.

Códice de San Pedro, por Thomas le Myésier y Ramon LlullVeamos ahora, esta vez en prosa, varios ejemplos más entresacados del Libro de amigo y amado de Ramon Llull (1232-1315), obra desbordante de amor místico y honda religiosidad, escrito en plena Edad Media y uno de los máximos exponentes de la literatura en catalán. Aquí el contenido es algo más filosófico, pero no es difícil reflexionar sobre lo que se dice desde el punto de vista del amor profano y, del mismo modo que en el anterior ejemplo, cualquier persona que esté enamorada o que sepa lo que es el amor no encontrará mayor problema en relacionar tales pensamientos con lo que conoce por propia experiencia, con sólo cambiar mentalmente y sobre la marcha, si acaso, el masculino por el femenino de algún sujeto, si considera que así puede darse una mayor adecuación:

Se suscitó una discusión entre los ojos y la memoria del amigo: los ojos decían que es mejor ver al amado que recordarlo; y la memoria dijo que el recuerdo hace subir el agua a los ojos e inflama el corazón de amor.

—Di, pájaro que cantas por amor a mi amado, ¿por qué me atormenta de amor quien me ha hecho su servidor?
Respondió el pájaro: — Si no soportaras trabajos por amor, ¿con qué amarías a tu amado?

—Di, loco, si tu amado te desamara, ¿qué harías?
Respondió diciendo que amaría para no morir, porque el desamor es muerte y el amor, vida.

Preguntaron al amigo cuáles son las tinieblas más oscuras. Respondió que la ausencia de su amado. Le preguntaron cuál el mayor resplandor, y dijo que la presencia de su amado.

—Di, loco, ¿a qué propende más tu voluntad: a amar o a odiar?
Respondió que a amar, porque odiaba para poder amar.

Sucedió que un día estaba el amigo pensando en el gran amor que le profesaba a su amado, y en los grandes trabajos y peligros que llevaba tanto tiempo arrostrando por su amor, y supuso que sus recompensas serían grandes. Pero, mientras se demoraba en estas meditaciones, recordó el amigo que su amado ya le había pagado, porque lo había enamorado de sus facciones y le había dado fatigas por su amor.

—Di, loco, ¿tienes dinero?
Respondió: —Tengo amado.
—¿Tienes villas o castillos, ciudades, condados o ducados?
Respondió: —Tengo amores, pensamientos, llantos, deseos, trabajos y fatigas, que son mejores que los imperios y los reinos.

—Di, loco, ¿quién sabe más de amor: el que obtiene placer de él o el que sufre por su causa trabajos y fatigas?
Respondió diciendo que con lo uno pero sin lo otro no se puede conocer el amor3.

El 'Cantar de los cantares', por Sir William Russell-Flint.Los ejemplos serían inagotables sólo en lo que se refiere a la tradición judeocristiana. Empezando por el Antiguo Testamento, cuyo «Cantar de los cantares» (el cual, por cierto, sirvió de inspiración a nuestro gran místico) es un prodigio de belleza y poesía y hace uso de la figura alegórica del amor conyugal de un modo tan explícito que a mí me resulta hasta cierto punto dificultoso reconocer el trasfondo religioso que lo anima y no ver un canto al amor y a la intimidad de dos esposos que se quieren en cuerpo y alma, sin medida. Esto es algo que fácilmente se puede comprobar —esquivando así cualquier sombra de herejía— incluso leyendo la versión oficial que da el Vaticano.

Retrato de Garcilaso de la Vega por José Maea y Bartolomé VázquezMención aparte merece el hecho de que en España, preferentemente durante los siglos XVI y XVII, se hizo un uso abundante en poesía del recurso de «volver» o «glosar» versos de origen secular «a lo divino», cosa que llevaron a efecto el propio San Juan de la Cruz o Sebastián de Córdoba —quien no tuvo empacho en volver a lo divino a Garcilaso—, por citar dos ejemplos de los más sobresalientes; aunque, a decir verdad, quizá en este terreno proliferaran más las obras de escasa relevancia literaria, fruto más bien del capricho piadoso de algunos autores, sin otra mayor trascendencia.

Tampoco quisiera dar por finalizada esta entrada sin aludir, siquiera de pasada, a la faz opuesta de lo que venimos comentando, en donde situaríamos los textos de Petrarca, por Andrea dal Castagnoautores laicos o seglares que por su elevada espiritualidad adquieren cierto carácter místico o sagrado y en donde probablemente podríamos registrar una ambigüedad, digamos, a la inversa. Pongamos por caso que haya versos dirigidos a una persona de carne y hueso que puedan traducirse en clave mística o devota con toda naturalidad. De este modo quedaría patente ese ámbito impreciso por donde discurren, al borde de lo humano y lo divino, tanto la poesía laica como la escritura religiosa, influyéndose mutuamente e intercambiando sus efectos y apariencias, jugando de alguna manera con el sentido trascendente de las palabras en base a una fuerte, genuina, incuestionable y común espiritualidad. A este respecto no puedo dejar de citar al italiano Petrarca, calificado no en vano de «divino» por muchos autores que le han sucedido en la posteridad, ni a su antecesor —y en parte contemporáneo— Dante Alighieri, muy influidos ambos por el amor cortés de origen provenzal e inmersos —Dante como iniciador— en lo que se ha dado en llamar el «dolce stil novo»; Dante y Beatrice, por Henry Holidayambos intensamente enamorados de sendas damas de su época: Laura y Beatrice; ambos profundamente afectados por la muerte en plena juventud de esa mujer a la que tenían completamente idealizada, habiendo de recurrir, finalmente, a la sublimación de su amor como único recurso que hiciera soportable tan excesiva pérdida. Tanto Dante en su Divina Comedia (el título no es casual)4 como Petrarca en su Canzoniere nos hablan del paso de una existencia entregada a la vanidad y a los placeres hacia una vida más contemplativa y, en consecuencia, consagrada a los valores espirituales, siendo la figura de su amada respectiva de capital importancia para esta transformación.

... y si el ardiente engaño
muchos años duró esperando un día,
que nunca llegaría por bien nuestro,
a más alta esperanza ahora te lleva,
mirando al cielo que te gira en torno
inmortal y adornado...5

Laura, por GiorgioneEn esos términos se dirige Petrarca a su amada Laura —siendo ya ella fallecida—, desengañado de la dulzura que puede dar lo que había calificado, unos versos más atrás, de «mundo traicionero» y hasta el punto de no dudar en referirse al amor que le tuvo en vida como de «ardiente engaño», casi envidiándola y como anhelando el lugar que, según él, ocupa actualmente en el cielo. Algo similar hallaremos en Dante. Beatrice, por M. S. StillmanUn amor tan intenso e idealizado como el suyo no era para darse en este mundo; de modo que, una vez la pérdida es irreparable —no tiene remedio la muerte—, ambos proceden, como queda dicho, a la sublimación de sus amores respectivos encontrando refugio en los valores e ideales cristianos. Esto es así en lo que se refiere a la evolución de su vida y de su obra poética, pero, analizando ambas en su conjunto, ¿donde situaríamos los límites de lo sacro y lo profano?


  1. Sobre la inefabilidad de los textos sagrados y una posible interpretación de algunas de sus claves simbólicas, ver lo publicado en mi otro Blog con motivo de la presentación de una talla en madera que ilustra el célebre pasaje bíblico en donde Sansón se enfrenta a un león sólo con sus manos.
  2. San Juan de la Cruz (1542-1591), Obra completa (1), Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, Pág. 66.
  3. Ramon Llull (1232-1315), Libro de amigo y amado (edición bilingüe), DVD Ediciones, DVD poesía 96, Págs. 45, 55, 103, 123, 129 y 131, respectivamente. Traducción de Eduardo Moga.
  4. Para un resumen razonado del argumento de la Divina Comedia (principalmente del Infierno) ver la entrada publicada en mi otro Blog con motivo de la presentación de una talla con la figura del gigante Anteo.
  5. Francesco Petrarca (1304-1374), Cancionero II, Cátedra, Letras Universales 122, Pág. 778. Edición bilingüe de Jacobo Cortines.

2 comentarios:

ANTONIO MARTÍN ORTIZ. dijo...

Vamos a ver, amigo Carlos. Vd. plantea el problema de la imposibilidad de comunicar mediante el lenguaje las experiencias religiosas, y también las artísticas, dentro de las que caben la de la poesía. En efecto, tenemos que convenir en que la Realidad puede imaginársela uno bajo dos vertientes: la Apolínea, la Racional, la que encaja dentro de los esquemas de la Lógica Aristotélica, la que usualmente convive con nosotros en Occidente; y la Dionisíaca o Irracional, que es la que se apartaría del Espíritu Griego Clásico, tal como se entiende generalmente.

En este sentido, el lenguaje es una herramienta, perfecta casi, pero no del todo, de la que nos servimos para transmitir los pensamientos racionales, y nuestra visión cósmica está predeterminada por las formaciones que emergen del lenguaje. Quiere ello decir que, forzando un poco la teoría de Jenófanes y Protágoras –que yo he expuesto recientemente en mi espacio-, el mundo en el que vivimos y la Realidad que nos rodea están conformados por las definiciones de ellos que nos dan las palabras.

Siendo así las cosas, son las palabras las que crean el mundo que nos envuelve, y las que nos permiten interpretarlo, pero también hay que ser consciente de que el mundo y el cosmos son mucho más ricos y más amplios, y no se acaban ahí. Es aquí donde hay que recurrir a las formas propias del Arte: cuando queremos transmitir algo que el lenguaje no puede encajar, tenemos que recurrir al Arte para intentar romper esa barrera y esa limitación que nos impone el lenguaje, e intentar así que el posible espectador, o lector, salte por encima de las barreras que imponen las palabras y vaya más allá. No obstante, no podemos perder de vista que nunca el Artista conseguirá que el otro perciba todo lo que él, el Artista, ha querido manifestar. Siempre será una aproximación, más o menos lograda, la que haga el espectador o el lector. Pasa lo mismo que con el hecho Religioso: el hecho Religioso, lo mismo que el hecho Amoroso son eventos que traspasan la Realidad cotidiana y son difícilmente transmisibles. Sólo se puede acceder a la experiencia ajena por aproximaciones. Habrá que recordar aquí aquello que decía Hegel:

El camino del Espíritu es el rodeo.

En estas circunstancias, habrá que conformarse con quedar un poco, o mucho, entusiasmados ante una buena obra de Arte, como puede serlo un buen poema, o quedarse atónito ante la grandeza de un hecho Religioso auténtico, como puede serlo un estado de alucinación mística, tema que Vd., Don Carlos, conoce mucho mejor que yo.

Resumiendo, tengo que decir que mi opinión es que no todos podemos acceder a todo, ni todo es transmisible, porque la herramienta más usual de la que disponemos, que es el lenguaje, no se ha demostrado ser lo suficientemente perfecta. Claro, también tenemos el lenguaje no verbal, pero eso ya daría para entrar en otro debate, que, como hay que suponer, sería una ampliación del que estamos teniendo ahora.

Le envío, amigo mío, junto con mi humilde opinión, un gran abrazo.

Antonio

Carlos Hernández dijo...

Totalmente de acuerdo con usted en esta ocasión.

En general, tanto la experiencia artística como la religiosa sólo podrán ser transmitidas en la medida en que el receptor ya haya experimentado algo semejante o equiparable con anterioridad. Así pues, el mérito del poeta, por ejemplo, no estaría en ser capaz de sentir una emoción (todos, en principio, tendríamos esa capacidad), sino en conseguir expresarla de modo que el lector la pueda reconocer y se pueda identificar con ella, sobre todo si hasta ese momento le parecía imposible que algo así pudiera decirse con palabras. Esto, en mi opinión, unido a la belleza de la forma, es lo que hace admirable una obra poética.

En efecto, no hay límites en cuanto a la interpretación de un texto poético o religioso, o, al menos, dichos límites no están bien definidos: "Siempre será una aproximación, más o menos lograda, la que haga el espectador o el lector". Éste es quien habrá de lidiar con sus propios límites.

Saludos muy afectuosos.

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