viernes, 22 de abril de 2011

El arte de no fingir

Uno de los preceptos más estimables a tener en cuenta a la hora de escribir bien poéticamente o de hacer buena poesía es saber que en este arte no caben la mentira, la falsedad ni el fingimiento. Al decir esto nos estamos refiriendo, claro está, a la poesía con mayúsculas, la de mayor aliento, la más pura y lírica, la que sirve de expresión a los más acendrados sentimientos y es capaz de reflejar, en toda su intensidad, las pasiones más bellas o, cuando menos, las experiencias más humanas. Dejemos de lado otras formas que hay en poesía —el abanico es muy amplio— que yo calificaría de menores o bastardas por responder a un impulso marcadamente banal o intrascendente, utilitario, narrativo, de circunstancias, etc., pues, a fin y al cabo, se puede escribir la Biblia en verso o celebrar, también en verso, un acontecimiento social, o someter a ritmo y medida, pongamos por caso, una receta de pollo al chilindrón, cualquier cosa, ya que la poesía —ya sea en prosa, en versículo o en verso— no deja de ser un lenguaje sujeto a determinadas reglas y, como tal, susceptible de adaptarse a la finalidad que le queramos otorgar.

Partimos de la base de que el lenguaje convencional es enormemente útil y eficaz, pero muy limitado. Facilita nuestras relaciones humanas al permitir que nos comuniquemos de un modo fluido e inmediato, pero a un nivel bastante genérico y superficial, con muy pocos matices, defecto éste que subsanamos comúnmente de manera presencial, gracias a elementos como el tono de voz, la mirada, El almuerzo de los remeros, por RenoirFoto: AgnosticPreachersKidel movimiento corporal; significativamente la expresión del rostro y de las manos. De ahí las confusiones o malentendidos que con frecuencia llegamos a sufrir cuando carecemos de la presencia física de nuestro interlocutor, por ejemplo, en una conversación telefónica (y eso que en tal caso aún percibimos la intensidad y el tono de la voz); no digamos ya cuando nos comunicamos por carta o por e-mail o cuando intervenimos en un chat o publicamos un comentario en una página de Internet. ¿Cuántas veces no ha sido mal interpretada nuestra intención en estos casos? ¿En cuántas ocasiones no se ha tomado por ironía lo dicho de buena fe, o al contrario? ¿A quién no le ha costado más de un enfado el hecho Emoticono, smilede que alguien entendiera torcidamente lo expresado con la mayor inocencia y rectitud? Para evitar todo esto, en el campo de las nuevas tecnologías se inventaron los emoticonos, aunque estos, si bien cumplen su función discretamente, no son más que un frío y pobre remedo de las emociones que sí se pueden apreciar con mayor exactitud cuando dialogas cara a cara con alguien.

Así pues, toda la funcionalidad de la poesía se reduce a proporcionar los medios y recursos suficientes para permitir que afloren y hallen su expresión, junto con el mensaje principal, muchos de esos matices de la interioridad que permanecen ocultos cuando nos expresamos por medio del lenguaje vulgar y corriente; no se conforma con nombrar una emoción o referirse a ella, sino que aspira a comunicarla en su totalidad, a que el receptor la experimente —la «contemple»— en toda su magnitud al leer el poema o al oírlo recitar. En nuestra vida diaria solemos utilizar patrones más o menos genéricos para referirnos a un sentimiento, podemos decir las mismas palabras, «te quiero» o «te odio», en infinidad de situaciones..., con sinceridad, con humor, con simulación o engaño, con ironía, con desesperación, etc., y, El beso (detalle), por Gustav Klimten cada caso, lo que realmente sienta la persona por dentro será distinto, poseerá un grado de intensidad o de diversificación que no hay palabras, por muy elocuentes que seamos, que lo puedan expresar. ¿Quién no ha recurrido alguna vez, ante una determinada y perentoria necesidad de comunicación emocional, al cómodo y socorrido «no tengo palabras»? La poesía se hallaría, por tanto, en un estado más evolucionado del lenguaje al permitir al poeta expresar con una mayor agudeza y precisión, sólo con palabras, sin el auxilio de otras «señales» que requerirían de la presencia corporal, su particular mundo interior. Y para ello utiliza el mismo lenguaje y los mismos ingredientes del idioma, sí, pero de un modo muy peculiar, pervirtiendo las reglas sintácticas y semánticas o haciendo de ellas un uso distinto y específico, adaptado a cada circunstancia. Se da la paradoja, por tanto, de que la poesía comporte siempre un intento —recalco aquí la palabra intento— de expresar lo inefable, lo que por definición no se puede explicar, aquello que sólo con palabras, sencillamente, no se puede expresar.

El mago, por MagritteDe este modo el poeta se constituye en una especie de mago y nos parece a menudo que hay magia en la poesía. ¿Alguien pondría en duda esta magia? Siendo así, como en cualquier espectáculo de magia con conejo y chistera ¿no hay truco, mentidas apariencias o fingimiento? Obviamente, sí, hay truco y artificio, hay forma y hay medida, hay música, matemática y arquitectura; con frecuencia lo más difícil se recubre de un barniz de sencillez o lo fácil se recarga de oropeles y de plumas; se usan trucos de prestidigitador o malabarista, pero sólo con un propósito: a la hora de atrapar un sentimiento o una emoción ser realmente capaz de poder transmitirlos. Para conseguir ese fin todo vale, se pueden traspasar incluso los límites del lenguaje; cualquier artimaña, cualquier disfraz, cualquier engaño es lícito, siempre y cuando dicha falsedad o fingimiento se reduzca a la forma, a la estructura y a la apariencia externa del poema.

El lenguaje poético admite tal cantidad de matices, tal grado de sutileza que puede constituirse en un arma de doble filo al poner en evidencia, al menos para cualquier lector de poesía inteligente y avezado, lo más oculto e íntimo de un autor. De eso se trata, de revelar las emociones y los sentimientos más íntimos para que queden al alcance de cualquier lector hipotético. De manera que si el poeta decide fingir un sentimiento y se dice, verbigracia, que va a escribir un poema de amor sin estar enamorado, o que va ha componer una elegía a la muerte de un personaje por el cual no siente el menor afecto, lo más probable es que escriba un mal poema o que en vez de reflejar ese sentimiento de amor o de intensa pena acabe exponiendo a los ojos de todos la ligereza de sus sentimientos, su frivolidad o presunción. Mi opinión y mi consejo es que cualquiera que aspire seriamente a ser poeta —para quien realmente lo sea huelgan todas estas recomendaciones— debe acercarse a la obra que vaya a comenzar con limpieza de intenciones, dialogar con ella como si lo hiciera con su propia conciencia, sabiendo que no la puede engañar, con un respeto sacro a la verdad, intentando reflejar a esta última con escrupulosa fidelidad. Esto es lo que debe hacerse para dotar a un poema de valor. No digo que sea fácil el arte de no fingir.

4 comentarios:

calma dijo...

Formidables tus consejos; tienes mucha razón, a la poesía hay que respetarla y darle el valor que tiene. Está claro que cada uno saca de dentro lo que necesita transmitir. A mi me sirve de desahogo, necesito crear lo que yo creo es belleza, aunque sólo yo lo sienta así. Es como medicina, necesaria, y como tal, buena cuando estoy enferma de amor, de dolor, de todo lo contrario o simplemente de nada.
Todo un honor que te hayas acordado de mi.Ha sido una inesperada y grata sorpresa.

Chacien dijo...

Respetarla y venerarla (amarla), porque si no la respetas, si la utilizas vanamente, no te será propicia. Yo soy muy perezoso, tanto es así, que sólo escribo poesía cuando no me queda otro remedio, por imperiosa necesidad, aunque, en efecto, es un gran desahogo.

De bien nacidos es ser agradecidos. Ten en cuenta que tú y mi amigo el catedrático sois los más asiduos comentaristas en el otro blog: no podía dejar de acordarme de vosotros.

Un cariñoso saludo.

Ismael Acién Molina dijo...

Te hice el comentario pero no entró, ahora seré más breve, mis segundas opiniones siempres son más breves. Discrepo en el sentido de que hay otras formas de escribir poeticamente y me meto en un jardín que no se por donde regarlo, pero a veces es posible sacar un gran potencial de escritura mediante una falsa identidad cual actor en su papel, lo se porque escribí varias cosas ahora perdidas pero muy logradas en base a esta técnica. Creo que en esta segunda opinión me he extendido más, lo cual significa que evoluciono.

Chacien dijo...

No niego que haya otras formas de escribir poéticamente, si vuelves a leer el texto con atención, en el párrafo primero de esta entrada digo, literalmente: "Al decir esto nos estamos refiriendo, claro está, a la poesía con mayúsculas, la de mayor aliento, la más pura y lírica, la que sirve de expresión a los más acendrados sentimientos y es capaz de reflejar, en toda su intensidad, las pasiones más bellas o, cuando menos, las experiencias más humanas". Pues bien, dejando a un lado las retóricas, aparte de la poesía lírica, existen formas de poesía nada banales, como la poesía épica y la dramática (por ejemplo, nuestro teatro del Siglo de Oro), que intentan desarrollar, respectivamente, la grandeza de un episodio heroico o una trama de acción entre diversos personajes, que muy bien pueden admitir, sin mengua para su calidad artística, el histrionismo o la suplantación del personaje poético; pero no es el caso de un ser humano que desnuda su interior y lo expresa en un poema: aquí es donde no cabe falsedad, en mi humilde opinión, para que el poema tenga auténtica valía y sutileza artística.

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