domingo, 19 de agosto de 2012

Instinto maternal

Una de las escenas mas bellas y conmovedoras que pueden darse en la naturaleza, suficiente para enternecer a cualquier persona que la observe y disponga de un mínimo de sensibilidad, es la del cuidado y delicadeza con que una hembra acoge en su seno a su cría, junto con la imagen de absoluta dependencia y desvalimiento de esta última, que halla en el contacto o inmediatez de la figura materna, naturalmente, su mayor gusto y la satisfacción de su más íntima —en ocasiones angustiosa— necesidad de seguridad y amparo.

amazing mom

Fijémonos en los insectos, en las aves, en los moluscos, en los crustáceos, en los reptiles; también en los mamíferos, por supuesto, y en los anfibios y en los peces: en cualquiera de los organismos que viven, sienten y se mueven por propio impulso en la naturaleza; reparemos en su aspecto de recién nacidos o cuando son muy jóvenes y comprobaremos cómo, aun aquellos que de adultos suelen presentar un aspecto más repulsivo o amenazante, incluso los más peligrosos y letales, en las primeras etapas de su vida muestran —en distinto grado e intensidad dependiendo de cada especie—, prácticamente sin excepción, una imagen de mayor vulnerabilidad, una mayor suavidad en los contornos de su figura, una mayor tendencia a la esfericidad, a la supresión de ángulos o aristas en los volúmenes y en las líneas que conforman su anatomía (cabeza, tronco, extremidades, ojos, orejas y hocico en el caso de muchos mamíferos, alas y pico en el de las aves, etc.), siendo así las crías por su aspecto un blando remedo de sus progenitores, Baby lionminiatura de éstos más tenue, mullida y redondeada, como dulcificada, propiciando con ello en nuestro ánimo, en muchísimos casos, la sensación, no exenta de emotividad, de estar observando, no la simple imagen de un ser vivo, sino la misma ternura encarnada en una criatura frágil, menuda y en ocasiones —especialmente con los cachorros de algunos mamíferos—, cálida, temblorosa y palpitante.

Indudablemente, esta pauta de ternura que observamos en la naturaleza —la cual tenemos razones para presumir que se repite, invariablemente, desde tiempos remotos en el reino animal— no puede ser fruto de un casual ni responder únicamente al hecho de que los organismos complejos —al no surgir, tal cual, por generación espontánea— necesariamente hayan de evolucionar de manera progresiva desde una primera fase germinal hasta alcanzar su perfecto desarrollo. Una ley universal del crecimiento de los seres vivos, aplicable a todas y cada una de las especies animales New friend, foto de RessaureFoto: Ressaure (Tatiana Bulyonkova)—exceptuando, obviamente, a los organismos unicelulares—, tan solo explicaría por qué las crías han de presentar siempre un tamaño más reducido y ser más vulnerables que sus padres: son más pequeñas porque parten de un embrión que continúa en desarrollo y más vulnerables, en consecuencia, por no hallarse aún en el dominio de todas sus capacidades, tanto las de orden físico como, en su caso, aquellas que dependen directamente del aprendizaje y la experiencia. Pero, insisto, dicha ley —como toda ley biológica, incuestionable— no explicaría, por sí misma, el exceso de compasión y de ternura que parecen inspirarnos algunos animales de muy corta edad; sin duda ha de haber alguna razón más específica.

Quizá la clave pueda dárnosla otro hecho perfectamente verificable que hallamos en la naturaleza. Me estoy refiriendo al estrecho vínculo que una madre tiene con su cría mientras ésta continua siendo dependiente, es decir, mientras aún no puede valerse por si misma para alimentarse y hacer frente a todos los peligros.Wee buffalo calf, foto de Scorpions and CentaursFoto: Scorpions and Centaurs Por supuesto que esta circunstancia varía enormemente de unos animales a otros, desde aquellas especies que se desentienden absolutamente de sus crías desde el mismo momento, o casi, del alumbramiento —o la puesta, si es que se trata de seres ovíparos— a aquellas, como en el caso del hombre y otros mamíferos, que prolongan su dependencia durante años. Pero lo más curioso de todo esto, lo que más importa a nuestro asunto, es la directa relación que puede establecerse entre la vigencia del vínculo materno-filial y esa tan conmovedora imagen de ternura que observamos en las crías o cachorros de algunos animales. Porque, en efecto, son los «cachorros», los hijos pequeños de un gran número de mamíferos, los que de un modo más acusado suelen presentar estas características inspiradoras de ternura; especialmente, y esto me parece muy significativo, durante el periodo en que son amamantados. De aquí podría deducirse que, aunque el instinto de protección en una madre sea algo innato, genético y no adquirido, tampoco podemos ignorar que, como cualquier otro instinto, ha de activarse a partir de determinados estímulos, que en el caso que nos ocupa, qué duda cabe, hallarían una inmejorable representación en los cuerpecillos frágiles e indefensos de las crías, Careful mother, foto de YnskjenFoto: Ynskjen (Jos)en sus movimientos vacilantes e indecisos, en los sonidos más o menos agudos, suplicantes o gemebundos que, según las circunstancias, lleguen a despedir sus gargantas incipientes y menudas... De donde fácilmente podemos, asimismo, concluir que en ningún caso hay exceso de ternura, ni capricho o arbitrariedad por parte de la naturaleza, sino la utilización de los mejores recursos disponibles para la supervivencia de cada especie y el cumplimiento de unos modelos sabiamente instaurados en el transcurso del proceso evolutivo.

Una vez que hemos condicionado la activación del instinto maternal, al menos en parte, a la previa existencia de determinados estímulos externos provenientes de las crías, no podemos dejar de mencionar, por su extraordinaria relevancia, aquellos indicios o señales que vienen a satisfacer en una hembra cualquier duda sobre la autenticidad de su descendencia. Esto puede ser vital, como enseguida vamos a ver, para la supervivencia de crías, polluelos o cachorros. Por regla general, a cada individuo, aunque no sea en modo alguno consciente, le importa la perpetuación de su propio código genético, así que no resulta raro que las crías de animales salvajes sean abandonadas a su suerte cuando, por el motivo que sea, pierden a su madre biológica: aunque haya otras hembras disponibles, es bastante frecuente, incluso entre las especies más sociables1, que ignoren las llamadas y requerimientos de las crías espurias y aun que las rechacen violentamente.Reed Warbler feeding a Cuckoo Chick, foto de DreamerFoto: © Dreamer (Lea Roberts) Con el cuco viene a darse una de las excepciones a esta regla de que cada animal se preocupe sólo de su propia progenie —aunque en cierto sentido siga siendo así—, y es que este pájaro de celebérrimo canto (gracias principalmente, todo hay que decirlo, a la invención del reloj de cuco) parasita los nidos de otras aves —habitualmente insectívoros mucho más pequeños— introduciendo su puesta en medio de la de sus víctimas —para ello se deshace de parte de los huevos que encuentra en el nido—, haciendo creer a la otra hembra que los huevos son suyos para que los incube; así, una vez que ha nacido el cuco, mientras los padres adoptivos se afanan en alimentar al que va a ser enorme y ya es insaciable polluelo, éste aprovecha la menor ocasión para expulsar del nido los huevos restantes o, en su defecto, a los pobres polluelos auténticos que queden, más débiles y con menos instintos criminales que él. Por otro lado, los machos de algunas especies, como el león o el oso2, tienen un particular interés en matar a las crías de otros machos —por aquello de la prevalencia de sus genes—, ya sea después de haber fecundado nuevamente a la hembra o simplemente para conseguir que ésta vuelva a entrar en celo. Puede parecer cruel, pero en la naturaleza, cuando está en juego la propia supervivencia, no hay lugar para sentimentalismos. Por supuesto, no existe compasión entre los depredadores a la hora de devorar cualquier cría; antes suelen ser presa predilecta debido, precisamente, a su «ternura y vulnerabilidad».

Así pues, parece como si la naturaleza hubiera dotado a los cachorros y a las crías preferentemente —casi exclusivamente, diría yo— para despertar el instinto de protección de sus madres (haciendo salvedad de lo que puedan inspirar al ser humano, criatura por demás soñadora y sensible: se diría que más soñadora y sensible cuanto más humana). Ahora bien, qué instinto, qué belleza, qué nobleza, qué disposición amorosa, qué aptitud abnegada la que lleva a las hembras de algunos animales a entregarlo todo: atención, esfuerzo, dedicación, incluso la vida, por la supervivencia de sus retoños. Crocodile momEn efecto, muchas hembras de animales, siendo bestias salvajes, fieras o peligrosísimos reptiles, al llevar a la práctica lo que les demanda su maternal instinto, dan lecciones de nobleza y de virtud, ejemplos de desprendimiento, delicadeza y sacrificio que para sí quisiera más de una persona. Si esto es así en las criaturas irracionales, privadas de humanidad, ¿qué ha de ser cuando la hembra del homo sapiens sienta el impulso de tan poderoso instinto benefactor y lo combine de un modo apasionado en el vaso de su amorosa humanidad?

«Tremenda cosa es el ser madre; e infunde a todas un gran hechizo de amor, que impulsa a sufrirlo todo por los hijos».3

A penas puedo concebir que haya un sentimiento amoroso que supere, por su calidad, al de una madre por sus hijos. Ni el amor de pareja, ni el amor a los padres, ni el amor al prójimo o al mismo Dios me parece que puedan aventajar fácilmente al amor de una madre en cuanto a hondura, intensidad y significación. Creo que la maternidad es uno de los acontecimientos más bellos que pueden producirse en la naturaleza, capaz de redimir a una mujer de cualquier cosa que quisiéramos achacarle, siempre y cuando verdaderamente la mueva el impulso amoroso y no sea en esto, en la aplicación de su instinto maternal, inferior a los reptiles y a las fieras.


  1. También ocurre algo semejante con el ganado doméstico. Puedo dar fe, en base al testimonio de mi padre, pastor durante muchos años en su juventud, que las ovejas reconocen a sus crías principalmente por el olor y que se niegan a aceptar a las que no son suyas y no les permiten que mamen. Él mismo, en su libro EL ZAGALILLO [Serapio Hernández Muñoz, El Zagalillo, Ediciones Libertarias, pág. 296.], describe con todo lujo de detalles los diferentes recursos que tiene el ganadero para conseguir que una oveja que ha abortado acepte un cordero que no es el suyo, siendo la manera más fácil —aunque no la única— trabar las patas del cordero y embadurnarle con los líquidos de la placenta de la oveja que ha abortado para que se impregne del olor de la cría muerta y que así, con este engaño, aquella no lo rechace y lo críe normalmente.
  2. Para una información más detallada sobre la maternidad de los osos y sus costumbres con respecto a las crías, recomiendo la lectura de una entrada que publiqué en Junio de 2010 en mi otro Blog dedicado a la talla en madera con motivo de la presentación de una nueva talla de mi padre. De hecho, su título es idéntico en parte al de esta entrada: «Instinto maternal (Osa con oseznos)». Me parece un estupendo complemento porque no se limita a citar o aludir de pasada diferentes especies, como hago ahora, sino que explica más ampliamente lo que supone la maternidad en el caso concreto de un gran mamífero como es el oso.
  3. Eurípides (480-406 a. C.), Ifigenia en Aulide, EDITORIAL GREDOS, Biblioteca Clásica Gredos 22, Pág. 296. Traducción de Carlos García Gual.

4 comentarios:

ANTONIO MARTÍN ORTIZ. dijo...

Amigo Carlos,

He leído con suma atención el texto que nos presentas, y tengo que decir que está a la altura de los mejores que conozco sobre el tema. Poco puedo añadir yo a lo dicho por ti. Sólo quiero apuntar dos referencias. Esa fuerza de los Instintos está muy definida por Virgilio en el libro III de Las Geórgicas, a partir del verso 244, aunque él no se refiera el Instinto Maternal, sino al Amor en general, pero, a mi entender, la comparación es válida.

Quiero referirme ahora a Max Scheler, el gran pensador del siglo XX. En su años casi juveniles nos dejó escrito un libro que no ha dejado de hechizarme desde que lo leí: ESENCIA Y FORMAS DE LA SIMPATÍA. Yo leí la edición de LOSADA, pero ahora se encuentra ya colgado en Internet:

http://www.sigueme.es/docs/libros/esencias-y-formas-de-la-simpatia.pdf

Bien. En ese libro, entre otras cosas, nos dice Max Scheler que entre la madre y el hijo hay una simbiosis y sincronización tal que, cuando el recién nacido llora y la madre se despierta, ésta no se despierta porque haya oído los sollozos del niño, sino porque en su código genético ya está programado que la madre se despierte siempre que el recién nacido lo necesite. Es como si el hijo no tuviera independencia alguna y fuera una parte de la madre, la parte más preciada, porque es la que más cuidados necesita.

Amigo Carlos, tu exposición me ha parecido magistral y muy pedagógica, y éste es el motivo por el que mi comentario tiene que acabar aquí, porque nada puedo yo añadir a lo dicho por ti.

Mi felicitación y un gran abrazo.

Antonio

Carlos Hernández dijo...

Muchas gracias por la atención prestada. Te agradezco, asimismo, las referencias culturales, que no podían faltar en persona tan instruida.

He estado repasando el pasaje que citas de Virgilio y, en efecto, si bien no alude al instinto maternal, deja bien patente el poder de los instintos (más concretamente del instinto reproductor) tanto en hombres como animales. No obstante, desconfío un poco de la edición que tengo (de Alianza, libro de bolsillo) y me han entrado ganas de conocer, si no la versión original (la cual, como sabes, no se hallaría a mi alcance), otra distinta traducción.

Me apunto la referencia de Max Scheler. Aún no he leído ninguna obra suya, ya que El puesto del hombre en el cosmos que me recomendaste en cierta ocasión no lo he localizado en edición impresa, aunque confío que me será más fácil conseguir un ejemplar de esta otra obra.

Un gran abrazo, amigo mío.

ANTONIO MARTÍN ORTIZ. dijo...

Amigo Carlos,

Espero sinceramente que tu padre se recupere pronto y pueda regresar a su actividad normal.

Las Geórgicas: no he manejado la traducción de Alianza Editorial, aunque me sospecho que puede no ser buena, porque en Alianza hay muchas traducciones que dejan mucho que desear. Yo manejo la de BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, y puedo asegurarte que es muy buena.

En cuanto al texto que cité (en realidad es Geórgicas III, 242 ss), después de hacer el comentario, me pregunté a mí mismo por qué había relacionado yo un texto que habla del instinto sexual con otro, el tuyo, que habla del instinto maternal, y sentí como cierta vergüenza por haber hecho una cita improcedente. No obstante, cuando leí tu texto, el fragmento de Virgilio me vino a la mente con todos los derechos: algo tenía que haber en los dos textos que los uniese. Después de reflexionar algo, he llegado a mi propia conclusión: en ambos textos se describe con contundencia y claridad la fuerza del instinto de conservación de la especie y de la permanencia del de conservación del individuo, atendiendo en el texto de Virgilio al instinto sexual, como garante ciego, pero sólido, de la permanencia de la especie, y en el tuyo al instinto maternal que, como está bien claro, es una manifestación sublime del instinto de conservación de la especie.

Después de haber llegado a esta conclusión, mi espíritu se queda tranquilo y no tengo problema alguno en reafirmarme en mi cita. Y aquí sucedió como aquello de Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como.

Es verdad que Roma y Florencia son dos ciudades que rezuman arte por todas partes, pero también es muy cierto que, cuando uno sale de España, llega a la convicción, si no la tenía ya, de que en España es donde mejor se come y mejor se vive.

Te envío, amigo mío, un gran abrazo.

Antonio

Carlos Hernández dijo...

Gracias por tus buenos deseos, ya se los he comunicado a mi padre por si contribuyen en alguna medida a su pronto restablecimiento.

Obviamente, ambos instintos, el instinto maternal y el sexual, están estrechamente relacionados, aunque, en mi opinión, el instinto maternal viene a ser más fuerte. De hecho, este último suele inhibir al primero, de ahí la actitud, citada en el texto, de algunos machos de matar a los cachorros como único medio para que entre nuevamente en celo una hembra y así poder acceder a ella sexualmente.

En Italia no sé, pero puedo dar fe de lo bien que se come en la capital vizcaína. Prueba de ello es que como único souvenir me traje de allí un queso Idiazabal.

Saludos cordiales.

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