sábado, 26 de diciembre de 2015

Inteligencia y sabiduría

No es lo mismo. A cualquiera se le alcanza. En ocasiones el sabio actúa de manera que muchos calificarían de «poco inteligente» y quien dispone de una extraordinaria inteligencia no siempre adopta las decisiones más sabias. Así pues, no es raro que en los momentos difíciles y en idéntica situación, tanto el uno como el otro, tomen determinaciones, si no opuestas, muy dispares. Esto se debe principalmente, a mi entender, a que ambas inteligencias —la del sabio, obviamente, también lo es, y en grado superlativo— actúan y se desarrollan a niveles distintos, como depositariasJean-Louis-Ernest Meissonier, Campagne de France de diferentes grados de conocimiento.

Mientras una inteligencia, digamos, convencional, por muy eminente que sea, se ocupa en la resolución de todo tipo de problemas en orden a lo que es útil para el progreso de determinados intereses, dispuesta a satisfacer cualquier necesidad práctica, independientemente de cuál sea su origen o motivación, el sabio reflexiona sobre lo mejor, considera lo que es bueno, no sólo para el bienestar exclusivamente material del hombre, sino para el hombre como ente dotado de espiritualidad.

De este modo, el criterio del sabio irá siempre orientado a lo que es mejor para el ser en su totalidad, lo mismo si lo hace mirando al propio ser que a la suma de individuos que constituyen una colectividad. En este contexto, sólo sería bueno, en cualquier caso, como digo, lo que es útil para el bienestar íntegro del ser, sin que quepa prescindir del cuerpo, por ser alojamiento y sostén imprescindible del espíritu, ni del propio espíritu, por ser quien da aliento y vigor —sin él, materia inerte, desventurada nave a la deriva— al cuerpo.

Siguiendo a Platón —o a Sócrates, paradigma, donde los haya, de la sabiduría—, añadiríamos que lo que es bueno para nosotros no sólo es útil, sino, además, hermoso. En este sentido, obtener, verbigracia, una gran ventaja económica no sería útil, ni bueno, ni hermoso —aunque en sí misma la riqueza pueda proporcionarnos muchas cosas útiles, buenas y hermosas—, si para conseguirla hemos de atentar contra los derechos fundamentales de los otros actuando de manera vergonzosa o ilícita. Se me ocurrirían de este cariz infinitos ejemplos. Death of Socrates. Anonymous, German, 19th century. The Metropolitan Museum of Art, New YorkFoto: © The Metropolitan Museum of ArtPor el contrario, algo en principio tan luctuoso y aparentemente opuesto a la razón como sería la condena a muerte de un hombre justo por el mero hecho de decir la verdad a sus conciudadanos pudo, en el pasado, convertirse en algo hermoso y bueno y útil, gracias a la voluntad del propio Sócrates, el cual, siendo víctima de tal injusticia1, renunció a la alternativa más inteligente y ventajosa en pro de la propia conservación, y fue que, pudiendo haberse exiliado —como le recomendaban amigos y familiares, y como, por otro lado, años más tarde haría el propio Aristóteles— optó por quedarse en su amada Atenas, no permitiendo que nadie, sino él mismo, fuera su verdugo, al ingerir de propia mano la cicuta. Todo un ejemplo de coherencia vital y filosófica, ideal, sin duda —yo, al menos, mejor no he podido hallarlo—, para que reflexionemos un poco y como ilustración de la diferencia entre inteligencia y sabiduría.


  1. Para una recreación pormenorizada de las palabras de Sócrates en su famoso juicio leer la Apología de Sócrates escrita por Platón, presumiblemente en su juventud, no sabemos hasta que punto fiel a la verdad o embellecida por el amor del discípulo hacia quien fuera su maestro.

2 comentarios:

Mónica de la Fuente del Teso dijo...

Me ha gustado mucho Carlos, desde luego sería muy conveniente leer a Sócrates y a Platón, los valores en que sustenta Sócrates su defensa a la acusación que termina en su suicidio, son universales, tantos siglos han pasado, y curiosamente el sabio que no sabía nada, seguro que si viviera hoy, seguiría sin saber nada, tan sólo que hasta que acabe la humanidad, seguiremos con las mismas dudas, los mismos sufrimientos y que la defensa de los valores bondadosos, siguen provocando envidias y trayendo la desgracia al que los defiende.

Carlos Hernández dijo...

Desde luego, soy de la opinión de que leer a Platón —ya sabrás que el propio Sócrates no dejó ningún escrito— es muy recomendable, por un lado, porque sus enseñanzas, sin duda, pueden ayudarnos a ser mejores y, por otro, porque al estar escrita la mayor parte de su obra en forma de diálogo —la famosa dialéctica platónica— la lectura resulta muy amena y comprensible. Yo, al menos, he de decir que leí la mayoría de sus diálogos siendo aún muy joven, cuando mi experiencia lectora todavía era escasa, y así me lo pareció.

En cuanto a la pervivencia de los valores, creo, de acuerdo con el tópico renacentista, que, en efecto, no hay nada nuevo bajo el sol.

Gracias.

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